Las 3.000 personas que ya no están

 

Hay 3.000 personas que no están: nadie las extraña, nadie las piensa y nadie les escribe. Aún hay una cama tendida, la cobija caliente, unos zapatos dejados al sol y un par de ollas esperando a ser encendidas. Quedan los rastros de un «Feliz Día de la Madre» impregnados en el calor de lo que fue un hogar, sin embargo, hoy, 3.000 personas no están.

El silencio quedó en las calles, las puertas permanecen cerradas; los que quedan, hablan a susurros para lograr identificar el zumbido casi imperceptible de los drones. Llegan a cualquier hora del día, llegan cerca al colegio, en los caminos comunes, sobre las casas de madera y teja, y sin importar donde caigan, sueltan bombas artesanales que buscan borrar la memoria y la existencia de un pueblo.

Del cielo llueven bombas

En una montaña remota, de un corregimiento remoto, en un municipio de Norte de Santander que ha sido olvidado por casi todos, incluso por el Estado, 3.000 personas ya no están. Sus sueños fueron pausados, sus hogares quedaron encapsulados en escombros esperando su regreso. Sin embargo, les llegó algo equiparable a la muerte: la indiferencia. Pareciera que en este ritmo desenfrenado de políticos que piden más sangre y de redes sociales que vuelven tendencia las narrativas de muerte, a nadie pareciera importarle que en Filo Gringo las bombas han destruído más de 100 viviendas.

 

Los estragos de la guerra caen del cielo, rompiendo techos, ventanas, derrumbando paredes, dejando esquirlas por doquier; en algunos casos, los artefactos caen en las viviendas pero no llegan a explotar, lo que ha obligado a las familias a desocupar sus casas ante el riesgo inminente de que la bombas se activen. ¿Y qué significa esto? Dejar atrás la cama, la nevera, las ollas, todo aquello que, con esfuerzo, una familia del Catatumbo tuvo que construir por años.

En medio de lo que pareciera un pueblo desierto, hay una pareja de adultos mayores; sus arrugas contienen décadas de historias habitando la región del Catatumbo, y allí, en medio de las casas deshabitadas, los escombros y el silencio de su hogar, se erigen imponentes en un acto de resistencia.

«Esto es sin compasión, esto ya no es vida», dice la señora, a sus 68 años. «Si la guerra sigue, no creo que aguante«, cuenta su esposo de 88 años.

 

Una guerra sin tregua

A las 5:00 de la mañana del 30 de diciembre del 2025, en vísperas de Año Nuevo, mientras en los hogares colombianos se preparaba la comida para compartir en familia, en Filo Gringo, las confrontaciones iniciaban. Hombres armados del Frente 33 llegaron al corregimiento disparando indiscriminadamente mientras caían bombas del cielo. Esta pareja de campesinos no sabía qué hacer, pues si salían podían recibir un impacto de bala, pero si se quedaban, los explosivos podrían haberles caído encima.

Destruyeron viviendas, quemaron casas, irrumpieron la aparente tranquilidad y amedrentaron a la comunidad. «Todos los vecinos nos amontonamos aquí adentro a pasar el susto. Nos agachamos y nos pusimos la manos en la cabeza, sentíamos la muerte encima», cuenta con resignación la pareja de ancianos.

Después de aquel hecho, los ataques con drones se multiplicaron. Del cielo empezaron a caer las bombas: explotaron en las cocinas, cayeron en las habitaciones donde dormían los abuelos, reducían a escombros las casas de líderes de la comunidad. Los niños dejaron de jugar en las calles de tierra y el silencio empezó a hacer parte de la normalidad. Las familias comenzaron a partir, una tras otra, sin despedidas. Nadie quería sumarse a la lista de muertos por estas bombas que, cifra tras cifra, cargan como una cruz las organizaciones que defienden el territorio. 

Cerca de 600 personas aún permanecen en el corregimiento. Quedan muy pocos comercios abiertos. La escuela suspendió las clases porque a un par de metros un explosivo cayó. Quienes se quedan no son héroes ni mártires, son víctimas de la indiferencia y de un Estado que los condenó a la violencia.

«Nosotros estamos haciendo resistencia, porque ya uno viejo no está para quedarse por ahí aguantando necesidades. Esta es nuestra casita, aquí nosotros morimos». Si bien algunas familias han optado por resistir y permanecer en el territorio, la realidad es que no muchos cuentan con la posibilidad económica de dejar su vida aquí y poder reubicarse.

«La gente ha tenido que desplazarse —en muchos casos con pérdidas totales—, pagar arriendos y reubicarse en lugares que no ofrecen las mismas comodidades. Además, existe una afectación psicológica profunda, que es la menos visible, pero la más sufrida: hay personas que se angustian solo con escuchar un avión o un dron», relata un dirigente de la comunidad.

En Filo Gringo, un corregimiento ubicado entre las verdes montañas del Catatumbo, en un municipio históricamente afectado por lo que muchos académicos definieron como conflicto, 3.000 personas ya no están. Quienes quedan llevan décadas habitando este territorio con el amor de quien fue recibido por la montaña y decidió quedarse. Su historia es la expresión de la resistencia: le han hecho frente al paramilitarismo en sus múltiples máscaras con la convicción de quien se aferra a la vida.

Pareciera que buscan callar sus voces con los gritos de un político que exige más guerra, pero que no estaría dispuesto a poner la carne de sus hijos como tributo.

Equipo Jurídico Pueblos

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